SUEÑOS DE GUERRA
Suena a los lejos,
el rugir de cien tambores
de miles de hombres,
siervos de sus señores.
La libertad estaba en nuestra mano,
pero era la guerra y había que luchar,
luchar contra padres, hijos y hermanos.
“Si la libertad queréis tener,
deberéis afrontar esta realidad:
Ellos son muchos más…
Pero con nuestra fuerza y coraje
no nos podrán vencer.”
Ese fue el grito de guerra
de nuestro gran líder,
que marcó toda una era.
Recorrimos el paraje,
todavía no veíamos a nuestro enemigo,
pero dado nuestro nuevo coraje
ya no les teníamos ningún miedo
Ya, a pocos metros estábamos,
alzamos nuestras espadas,
con los escudos en la mano
y preparados para la batalla.
Llegamos a sus líneas con fuerza,
empujando con dureza,
reduciendo su coraje
y su esperanza en la victoria
Tenía al enemigo cara a cara.
Mi escudo detuvo su espada,
mi espada se clavó en su pecho,
y sangre salió a borbotones.
Mi cara ya estaba manchada
con sangre que no era mía,
me apresuré a sacar mi espada
del cuerpo de mi enemigo.
Los flancos enemigos flojeaban,
y muchos marchaban en retirada.
Con la espada en mano alzada
dimos la batalla por ganada.
Un gran fallo nuestro,
pues tenían un as bajo la manga.
Sus jinetes avanzaron por retaguardia,
arrasando a nuestros arqueros.
Estábamos completamente rodeados,
había enemigos por todos los flancos,
pero no podíamos retirarnos
cuando la libertad estaba en nuestras manos.
Los lanceros que quedaban,
se reunieron en retaguardia
mientras nuestros jinetes contraatacaban.
Mi escudo paró su lanza,
mi espada cortó su cuello,
y calló desplomado al suelo
mientras sus ojos me miraban.
De repente, sus arqueros,
comenzaron una lluvia de flechas
que tapaba el cielo.
Aunque no sólo los nuestros,
los suyos también cayeron.
Muy cobarde, pero nos vino bien,
pues a ellos les pilló de espaldas
pero nosotros nos pudimos proteger.
Nuestros jinetes rodearon sus flancos,
ahora deteriorados,
y pronto a sus arqueros llegaron
sin poderse defender.
Ahora estábamos igualados,
como al principio de la batalla,
pero llegaron nuestros aliados
recobrando nuestra esperanza.
Mi escudo paró su hacha,
mi espada rebotó en el suyo,
de un empujón caí al suelo
donde la tierra estaba helada.
Rodando esquivé la arremetida,
y su hacha se clavó en la tierra.
Aprovechando el momento,
recogí mi espada del suelo,
y me levanté enseguida
clavándosela en el pecho.
Sus tropas tocaron en retirada,
aunque esta vez
nuestros jinetes les siguieron,
acabando con todos ellos.
La victoria era nuestra.
Y ahora sé,
que más que mil espadas
sin líder capaz alguno,
son cientos alzadas
tras uno.
EL BUSCADOR DE LA LUNA
Esta es la historia de un viejo herrero
que todo lo que herraba, y terminaba
como decía el pájaro de mal agüero
Cansado de herrar porque erraba,
se fue de la ciudad en busca de una amada,
una que no conocía, por ahora,
pero que en sus sueños estaba.
Cabalgando sobre sus propias piernas,
porque el pobre herrero
de pobre también erraba,
llego allá a lo lejos,
donde la gente ya no miraba.
Un bosque perdido necesitaba,
y como siempre alerta estaba,
el herrero herró una lanza,
por si un animal por allí erraba.
El bosque era oscuro,
y sol ya había caído
así que al herrero que erraba,
se le ocurrió hacer un fuego
para calentarse la fría barba.
Un ruido se adentró en el bosque
y el herrero buscaba,
por si encontraba alguna cosa
que por el bosque erraba.
El herrero temeroso, herró una espada,
“¿Quién yerra por ahí?” – Hablaba,
pero nadie contestaba.
Tras varios minutos de incertidumbre,
otro ruido escuchó, y cansado de tener miedo,
el herrero fue con su espada en la mano,
la espada que antes herró.
Después de mucho errar y no encontrar,
con algo se topó, y maravillado se quedó.
Aquello que el herrero había encontrado
era ni más ni menos que la Luna.
- ¿Qué haces errando por este bosque? – el herrero preguntó
- Necesitaba dejar atrás las estrellas – la luna contestó
Después de tanto errar, el herrero la había encontrado,
aquella era la mujer con la que había soñado.
El herrero en realidad no había errado,
era un sueño y ya se había acabado.
El herrero despertó y dirigiéndose al Cielo,
señalando a la Luna, dijo:
“Espero que la protejas allá donde te la hallas llevado”.